Jesús G. Maestro: «El poder premia a los escritores inofensivos y castiga a los verdaderamente críticos»
El filólogo y ensayista Jesús G. Maestro reflexiona sobre literatura, educación y poder cultural en una conversación marcada por la ironía y la crítica intelectual.
En la entrevista aborda cuestiones como el papel de los premios literarios, la relación entre intelectuales y poder político, la degradación del pensamiento crítico en la sociedad contemporánea y la transformación del sistema educativo, defendiendo una visión exigente de la literatura y del conocimiento frente a lo que considera una cultura dominada por el mercado y las emociones.
Trabajé en varias Escuelas de Idiomas en la Comunidad de Madrid y probablemente la «Jesús Maestro» sea la más prestigiosa. Nomen est omen: el nombre es el presagio. Usted se llama así y también es profesor. ¿Casualidad?
Que haya una Escuela de Idiomas llamada «Jesús Maestro» y que yo me llame Jesús G. Maestro no deja de tener su gracia, en el triple sentido de la palabra, es decir, como algo irónico, divino y onomástico, pues «gracia» puede expresar, como bien sabemos, sentido del humor, cualidad otorgada por Dios y nombre propio, entre otros muchos significados. El latín dice nomen est omen, pero yo diría algo más evidente, y es que los nombres no hacen a las personas, aunque a veces las caricaturizan. Es el caso de las hipotiposis: nombres que designan lo esencial de un individuo (Perfecto Cuadrado, Bernarda Alba, Fortunata y Jacinta, Yerma, don Juan, Celestina, Héctor Brioso o Jesús Maestro, etc.). También podría haber sido director de orquesta, por ejemplo, actividad profesional a la que se suele apelar con el mismo título.
Naturalmente, yo no soy maestro por llamarme Maestro. Además, un maestro tiene discípulos, y yo nunca quise tener discípulos: prefiero tener intérpretes. No hablemos ya de seguidores. Esos los tiene el flautista de Hamelín. No elegimos a quien nos presta atención. Además, nos quieren como nos necesitan, no como realmente somos.
En el primer capítulo dice usted: «Desconfía de aquellos a quienes el sistema otorga premios y reconocimientos. Ningún sistema premia a quienes son críticos con el poder. Los premia por serviles». Estoy de acuerdo: Cervantes no ganó premios. El catedrático de literatura Jordi Gracia ha puesto a escurrir el libro del último premio Planeta, Juan del Val, y al último fenómeno editorial, David Uclés. Supongo que usted no ha perdido ni el tiempo leyéndolos... ¿No debería premiarse más la estética de un texto que la fama de los supuestos escritores?
Los premios literarios son en las democracias actuales lo que los títulos nobiliarios eran en los regímenes anteriores: mecanismos de legitimación simbólica y de sumisión personal. El sistema cultural, promovido por la democracia, premia a quienes no molestan y sí entretienen. Esto no significa que todo premiado sea mediocre, pero sí inofensivo. Ningún crítico recibe premios institucionales. El poder político no galardona a sus adversarios, sino a sus colaboradores. Y los premios son una prolongación de la política y un reconocimiento a servicios prestados. Y lo que es más importante: un estímulo para que se sigan prestando.
Cervantes no ganó ningún premio relevante, pero de haberlo habido en su tiempo se lo habrían dado a Avellaneda. La actual estación de Atocha, en el Barrio de las Letras del Siglo de Oro español y matritense, donde vivieron Cervantes, Quevedo o Lope de Vega, no lleva el nombre de ninguno de estos escritores universales.
La literatura verdadera no se premia nunca. Se puede reconocer a tal o a cual autor, pero no tanto por su obra literaria, sino por sus servicios políticos e ideológicos. El poder político no es literario. Es bastante ignorante en todo, y en literatura más. Hoy el mercado editorial premia la popularidad, no la literatura. La poética ―yo no hablo de estética, término del idealismo alemán que reduce el arte a «sensaciones»― exige inteligencia; la fama busca marketing. Uclés no sé quién es. No pretendo con esto hacer un heptasílabo yámbico.
Sobre los intelectuales, dice que suelen llevarse bien con el poder fingiendo precisamente lo contrario. Me vienen a la mente algunas excepciones como José Ángel Valente, quien consideraba que las generaciones literarias eran en realidad un sostén de mediocres. Creo que usted coincide con su tesis cuando dice que la gente libre no pertenece a ningún grupo porque este es el escondite de los fracasados...
El intelectual contemporáneo suele desempeñar una función muy precisa: simular crítica mientras legitima el sistema que lo alimenta. Es una especie de funcionario de la disidencia aparente y domesticada. En síntesis: es un colaboracionista del poder. Por supuesto, totalmente inofensivo. Yo no sé si José Ángel Valente era o no una excepción. No lo veo como autor de una literatura ajena a su tiempo. Lo veo muy integrado en su generación y su época. Su obra poética, que a unos gusta y a otros disgusta, se diluye en una filosofía indefinida, la de su tiempo, una filosofía que es una hermenéutica de sí misma y que no nos lleva a ninguna parte, salvo a los laberintos habituales de Heidegger, el ser y todo ese repertorio de fantasmas más antiguos que el ápeiron y nous.
La inteligencia no es solitaria, pero la literatura genial sí lo es. No porque la persona inteligente minusvalore a los demás, sino porque lo que hace no se comprende masivamente, y porque la mayoría de los individuos se organizan en grupos para proteger mutuamente la mediocridad que comparten de forma colectiva o gremial. Los mediocres siempre se agrupan entre sí. Quien piensa con libertad tiene los mismos amigos que un pobre de pedir limosna.
La ideología es la cárcel de las ideas. En palabras de Ortega, ser de derechas o de izquierdas es una de las infinitas formas que el ser humano tiene de ser estúpido. Usted dice algo parecido: las ideologías son formas emocionales de organizar la ignorancia colectiva, y los sentimientos de los bobos no requieren autoexplicaciones. ¿Qué gobiernos han hecho más daño y perjudicado más nuestro sistema educativo? ¿No deberían la ciencia y la educación estar por encima de las ideologías?
Las ideologías son, efectivamente, sistemas emocionales diseñados muy astutamente para organizar la ignorancia del prójimo. No explican la realidad: la simplifican hasta hacerla sentimentalmente rentable a tales o cuales ideologías, religiones o filosofías, que son tres géneros verbales de la misma naturaleza, destinada a controlar las creencias y emociones de la gente. Identificar qué gobiernos han perjudicado más la educación es como preguntarse qué tormenta ha traído más lluvias.
Desde siempre los gobiernos han degradado la educación, unos más y otros menos, pero todos han subordinado la educación a intereses ideológicos y electorales (cuando se implanta la democracia). La educación es el conjunto de prejuicios que los adultos imponen a los más jóvenes: inteligentes son quienes demuestran capacidad de sobrevivir a ese sistema de prejuicios.
Los actuales libros de texto son una falsificación de la historia y del conocimiento absolutamente apabullante. Son el código de un tercer mundo semántico. A edad temprana, es importante disimular la inteligencia, para que el profesor posmoderno no la destruya. La ciencia y la educación deberían estar por encima de las ideologías, pero no pueden estarlo siempre, y de hecho no lo están casi nunca, porque muchos científicos y profesores se mueven por programas ideológicos, imperativos filosóficos y creencias religiosas. Ideologías, filosofías y religiones siempre quieren estar por encima de la ciencia. Y también por encima de la literatura. ¿Acaso escribió Platón alguna carta de amor a la literatura?
Pero hoy la literatura es más insignificante que ninguna otra actividad, y por eso tiene más posibilidades de supervivencia en libertad. La insignificancia nos preserva. Vivir ignorado garantiza mucha seguridad. La ciencia está hoy hipervigilada. La literatura, por el contrario, tiene más libertad, porque de ella se ocupan el mercado y los intelectuales, que son totalmente inofensivos y se mueven siempre en el terreno de las apariencias. Me refiero a los intelectuales, no al mercado. No se adentran en profundidades: viven flotando en lo superficial.
Respecto a Ortega sólo diré lo siguiente: fue un maestro de la filosofía. Y la filosofía, como mis lectores saben, es una forma excéntrica de ejercer la sofística, es decir, de convencer con argumentos falsos. Pero siempre en nombre de una divinidad: ápeiron, Demiurgo, Motor inmóvil, Substancia pura, Espíritu absoluto, Volksgeist, Superhombre, Inconsciente, Dasein, etc. Siempre impone respeto hablar en nombre de un Dios. Ortega cae bien a todos, sean de izquierdas o sean de derechas. Si ser una cosa o la otra es de estúpidos, no tengo necesidad de decir nada sobre los fundamentos de las simpatías hacia Ortega.
Su ensayo contiene comentarios muy críticos hacia la filosofía como por ejemplo «la filología es el conocimiento científico del verbo. La filosofía no sabe lo que es» o «la filosofía es la religión de los que no se sienten cómodos con la de sus padres«. Y sin embargo construir un sistema filosófico sólido es mucho más complejo que publicar novelas...
Cuando digo que la filología es el conocimiento científico del verbo y que la filosofía no sabe lo que es, no niego el valor de la filosofía, simplemente la defino en varias de sus acepciones. Señalo una carencia muy concreta: la filosofía ha hablado durante siglos de todo sin conocer nada científicamente. Cuando la ciencia explica la realidad que la filosofía trata de comprender la diferencia es abismal.
Esto ocurre definitivamente desde Newton, un hombre que se hace preguntas filosóficas a las que da respuestas científicas, algo que no alcanza apenas nadie antes que él, salvo Aristóteles en relación con algunos materiales literarios en su Poética. Las consecuencias de Newton fueron irreversibles para la filosofía, que desde entonces sólo se ocupa de política y autoayuda. La diferencia entre un sistema filosófico sólido (líquido o gaseoso) y una novela es la que hay entre alguien que sabe que narra una ficción ―el novelista― y alguien que se cree las ficciones que narra ―el filósofo―.
En el Quijote hay más filosofía que en todos los escritos de Platón. Pero hay una diferencia capital: en la obra de Cervantes no hay ningún fantasma. En los escritos de Platón los espectros, a los que él llama noblemente «Ideas», lo determinan todo desde un mundo imaginario, fabuloso y por supuesto metafísico. Es curioso que Platón siempre habló de la metafísica como si hubiera estado allí, tratado a las «Ideas» puras de tú a tú o convivido con los dioses de todos los olimpos. No sabemos si tal vez coincidiría allí con Borges o algún antecedente filosófico de Chul Han. Es un buen tema para escribir un cuento o relato breve donde la ironía y el humor rehabiliten la fábula menipea y la sonrisa crítica de un Luciano de Samósata.
Segundo capítulo: «El éxito de un escritor depende de la cantidad masiva de lectores que se identifiquen con y contra él. No importa lo que el escritor piense: importa lo que haga sentir a los lectores, aunque no comprendan lo que leen, aunque no sepan explicarlo«. ¿Es este tipo de literatura sentimentaloide un síntoma de la degradación del pensamiento crítico del lector contemporáneo?
El lector del siglo XXI no tiene apenas pensamiento crítico: tiene sentimientos, emociones y reacciones psicológicas. Eso es lo que alimentan el mercado y el poder. La gente escribe y lee sobre sus emociones. El objetivo es el estímulo de lo sensible, no de lo inteligible. Hablar de pensamiento crítico en un mundo en el que la gente ha reemplazado el pensamiento por el sentimiento y la crítica por las hormonas es totalmente ridículo. El éxito de muchos escritores contemporáneos se basa en una operación muy básica: convertir la lectura en una experiencia emocional inmediata, ideológica y mercantil. El lector no necesita comprender nada: necesita sentirse comprendido. Lo que hay es una literatura terapéutica, es decir, un concepto de literatura totalmente anglosajón, emocional y propio de un ser humano dependiente de la autoayuda ajena, valga la contracción pura. Cuando la literatura se convierte en terapia deja de ser literatura para convertirse en endorfinas.
«La educación actual es la fiesta de la ignorancia emocional». Esto va en relación con el decálogo del buen profesor que usted ofrece casi al final del libro, cuando dice que el alumno debe adaptarse a las exigencias del conocimiento del profesor y no a la inversa, porque toda adaptación es una degeneración y lo que vale la pena no puede simplificarse. ¿Deja usted aquí fuera al alumnado con graves necesidades especiales?
¿Yo? Yo no tengo poder para dejar a nadie ni dentro ni fuera de ninguna parte. No soy político. Yo soy profesor, y explico literatura a todo el mundo que tenga interés en ella, de forma abierta, libre y gratuita, más allá de mi horario y calendario laborales y mucho más allá de cualquier aula física. Demóstenes era tartamudo y maestro de oradores, porque su disfemia no le impedía explicar a otros cómo hablar correctamente y con astucia. Beethoven era sordo y compuso la Novena Sinfonía en Re menor, de la que tantos músicos han aprendido, sin poder servirse ni de un solo instrumento musical. En este mundo, los únicos que imponen límites al ser humano son quienes le niegan el conocimiento, no quienes, como yo, se lo dan sin pedir nada a cambio, sin mirar jamás a quién se lo ofrecen y, con franqueza desinteresada, declaran lo que saben o confiesan lo que ignoran.
En una misma clase de Bachillerato tuve durante un curso a diez alumnos para los que había que elaborar exámenes especiales y hacer una adaptación curricular, además de tres personas transgénero que cambiaron su nombre de la primera a la tercera evaluación. ¿Hasta qué punto se puede tolerar el hecho de hacer exámenes «a la carta» para cada perfil de alumno?
Hasta el punto que disponga el contrato que firma el trabajador. Si a Vd. le contratan para hacer exámenes a la carta, debe hacerlos, porque esas son las normas del contrato. Naturalmente, Vd. puede creer o no en el valor de su trabajo, pero eso es cosa personal suya. Cuando alguien trabaja, no puede actuar libremente, sino que debe cumplir con lo que estipulan las normas del contrato. Y si no le gustan esas normas, debe cambiar de trabajo o renegociar las condiciones contractuales. Trabajo es lo que se hace por dinero, no por gusto. Imaginar otra cosa es incurrir en un idealismo que ignora lo que significa y es la prostitución.
El pasado 25 de febrero no pude asistir a la presentación de su libro en la librería FNAC de la plaza de Callao. El año pasado, antes de la reforma (la han dejado, por cierto, mucho peor), subí a la última planta y me encontré allí con ejemplares de mis últimos libros expuestos, como ángeles alados. El éxito, dice usted, es la idealización de un logro aparente y, como el placer, siempre es un fugaz pasajero. Pero ¡será mejor tenerlo que desearlo!
Encontrarse con los propios libros expuestos en una librería puede producir una satisfacción legítima, o del tipo que sea, a quien necesite esa satisfacción, o interprete ese hecho de forma satisfactoria. Cada persona es un mundo y yo no juzgo esos mundos. Tampoco veo razonable fingir desprecio por el éxito. Son cosas que vienen ―y van― y hay que saber gestionarlas, tanto cuando vienen como cuando se van. Nada más. Para mí el éxito consiste en tener salud. Lo demás son «cosas» que hay que administrar, trabajos que hay que afrontar y vida que hay que vivir y saber organizar. Compromisos laborales. A mí me interesa la literatura, y hablo y escribo para que la literatura tenga un valor que, a mi juicio, se pierde, porque la gente no tiene en dónde estudiarla, y porque habitualmente se ha convertido a la literatura en el estercolero de las ideologías y en una de las salas VIP de los impostores.
Quien conoce la realidad en la que trabaja no necesita agencias ni entes de evaluación que midan su trabajo; no necesita que le juzgue quien tiene menos currículum que el suyo propio. ¿Por qué entonces nos vemos constantemente sometidos a este tipo de evaluaciones, incluso (como si fueran clientes de una empresa haciendo una reseña) de nuestros propios alumnos?
Las agencias de evaluación se crean por una razón muy simple: el sistema desconfía de quienes trabajan en él y necesita controlarlos. Además, a la ciencia hay que atarla muy corto, porque puede dar lugar a sorpresas, y el poder debe gestionar esas sorpresas antes de que den lugar a situaciones inesperadas o conflictivas. La burocracia de las agencias de evaluación no mide la inteligencia ni el conocimiento, ni mucho menos la ciencia ni la calidad científica de sus recursos humanos: mide su adaptación y sumisión a imperativos ideológicos gestionados bajo procedimientos administrativos. De este modo, se promueve a quien hace la investigación que el sistema reconoce como aceptable, aunque científicamente sea irrelevante o inútil.
Si lo que se hace entretiene al personal, no es inútil para el sistema, aunque sea estéril para la sociedad. Los intereses de la sociedad no son los intereses del poder. A las agencias de evaluación lo último que les importa es la ciencia y la calidad de la investigación. En este contexto, yo he llevado siempre una doble vida: he hecho un currículum para las agencias de evaluación, lo que me ha permitido obtener todo tipo de sexenios y grados académicos y, simultáneamente, he desarrollado por supuesto una labor investigadora para la ciencia literaria y los estudios sobre literatura. He trabajado el doble. Con toda naturalidad.
Los que no somos solubles en un sistema desarrollamos capacidades para hacernos compatibles con el sistema y envolverlo o superarlo por vías alternativas que el propio sistema no identifica ni controla. Yo lo hice. Y he llegado al final del trayecto. Mi obra está hecha y mi carrera concluida. He hecho siempre lo que me ha dado la real gana. He dado al diablo lo que el infierno me ha exigido y a la Teoría de la Literatura lo que la literatura ha necesitado, según mis capacidades y recursos propios.
¿Las evaluaciones de los alumnos? Eso es algo a lo que jamás en mi vida he prestado atención. Mis clases se graban públicamente y todo el mundo puede acceder a ellas. Que las juzgue quien quiera. Como diría Quevedo de sus Sueños ―cito de memoria―, «digan todos los que quisieren de mi libro, pues yo he dicho lo que he querido de todos». Un profesor brillante puede tener un alumno que lo evalúe negativamente porque le exige demasiado. Y un profesor mediocre puede recibir excelentes evaluaciones porque no exige nada. De estos últimos he conocido cientos. No presto atención a eso.
Las universidades del siglo XXI se llenan de gestores a la vez que se vacían de sabios. Tampoco es que en el pasado los sabios llenaran las universidades, pero entonces la academia podía vender de sí misma una leyenda rosa de la que ahora carece. Hoy nadie cree en las virtudes de la universidad, y la gente se burla de esta institución. Cuando se deja de valorar el saber para promover formularios burocráticos, el conocimiento desaparece silenciosamente. Y a nadie le importa.



